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          Ana Muñoz / Transilvania (Rumanía)- Estamos en Transilvania, a los pies del Castillo de Bran, más conocido como el castillo del conde Drácula. Aunque su relación con el personaje de Bram Stoker no va más allá de lo ficticio, este lugar sigue siendo la tracción turística por excelencia de Rumanía. Por eso los restaurantes que salpican el pueblo están abarrotados de visitantes que, una vez alimentada la leyenda del vampiro, deciden llenar el estómago con los platos típicos de la cocina transilvana.

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Mici, una especie de rollitos hechos con carne picada de cerdo y oveja o ternera

A la brasa, en sopas, en estofados o en forma de embutido, la carne es el ingrediente estrella de la gastronomía rumana. Para que el turista pruebe un poco de todo, los restaurantes ofrecen platos combinados tamaño XXL que juntan pechugas de pollo, albóndigas, salchichas y carne de vaca, todo ello acompañado de pepinillos, pimientos rojos asados y patatas fritas. Unos 900 gramos en total para dos personas, según la carta, alguna más en realidad. Es el caso del Plato Especial Drácula que ofrece el restaurante East Village de Bran. Lo más peculiar son sus mici, una especie de rollitos hechos con carne picada de cerdo y oveja o ternera, a menudo servidos con mostaza dulce. También existe una versión más clásica de las albóndigas, las llamadas chiftele, que incorporan verduras. En este tipo de platos combinados con lo mejor de la carne rumana no suelen faltar las skinless sausages, “salchichas sin piel” de cerdo o de pavo con queso, influencia de la cocina germana.

Amantes de las sopas 

Además de consumirse a la brasa, la carne está muy presente en uno de los platos más valorados por los transilvanos: las sopas (ciorbă en rumano). Verduras, tripas de ternera, albóndigas, judías, jamón ahumado y pedazos de pollo se sumergen en un delicioso caldo aderezado con especias que le dan un gusto único. Las sopas, al servirse muy calientes, se consumen sobre todo en invierno. Lo mismo ocurre con los estofados de carne, también muy populares y entre los que destaca el ciulama, hecho a partir de pollo, setas y bechamel.

En Transilvania las carnes se acompañan a menudo de mamaliga, la versión “cárpata” de la polenta italiana, una masa amarilla hecha a partir de harina de maíz cuya consistencia puede ser similar a la del puré de patata o mucho más sólida, como un pastel. En cuanto a la bebida, las cartas recomiendan acompañar las carnes de cervezas transilvanas como la Ursus o la Ciuc.

De Transilvania, la “tierra más allá de los bosques” se regresa por tanto con una buena cantidad de recetas carnívoras y con diferentes sabores para aderezarlas. Eso sí, sin rastro alguno de seres que prefieran la sangre humana a la carne. Al menos durante el día.

 

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