Chóped y mortadela son dos de los ingredientes estrella de los bocadillos, sobre todos de los más pequeños. Pero, ¿sabe el consumidor distinguir entre uno y otro más allá de su color rosáceo y su presentación en forma de barra? ¿Tienen las mismas propiedades desde el punto de vista nutricional? Partimos de pasta de carne de cerdo (por norma general, aunque también hay chóped de ternera, y especialmente de pavo o pollo, más sanos y menos grados),  mucha agua –la mitad de su peso-, una tercera parte de grasa, sal, fósforo y vitaminas del grupo B. En cuanto a composición ambos embutidos son un clon. Tienen menos proteínas que las carnes frescas –un 14 gramos por cada 100 de alimento-, pero también menos grasa que otros embutidos tradicionales, como el salchichón, debido fundamentalmente a que contienen tan alto porcentaje de agua.

Otra similitud la encontramos en el aporte de minerales, que en ambos casos –además del mencionado fósforo y sodio- pasa por el suministro de zinc, selenio, magnesio y hierro.

La línea es muy fina entre ambos productos. La mortadela tiene un componente un poco más artesanal y hasta cierto punto gourmet. De origen italiano, destacan la de Bolonia en su país natal y son destacadas también las elaboradas en la ciudad francesa de Lyon. Antes de ser embutida, normalmente en tripa grande, sea natural o artificial, se le añaden pequeños trozos de grasa u otros ingredientes tales como aceitunas, hongos o frutos secos de forma que son apreciables en cada loncha de mortadela.

Por su alto contenido en sal, tanto chóped como mortadela están desaconsejados en personas que siguen una dieta hiposódica como tratamiento frente a la hipertensión o para evitar la retención de líquidos.

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