Alicia Almendros / Zugarramurdi (Navarra). La historia ha querido que la memoria de Zugarramurdi quede para siempre unida al proceso de la Inquisición por el que en la Edad Media una treintena de personas naturales de la localidad fueran ajusticiadas o castigadas de manera despiadada acusadas de brujería.

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Conocer la historia de la caza de brujas de esta localidad es lo que atrae a los turistas a visitar la zona. Lo que no saben cuando llegan es que el olor a asado les embrujará hasta la hora del café. Son pocos los bares y restaurantes que hay en Zugarramurdi, pero tras la visita a la cueva y al museo y con el apetito abierto, el restaurante Herriko Jatetxea nos atrapa. El murmullo francés de camareros y comensales muestra lo que el GPS nos decía, estamos a punto de entrar en Francia. Pero con la comida en la mesa no hay distinción, lo que está ante nuestros ojos es carne navarra. El chef Julien Lamothe es el “culpable” de esta curiosa combinación. Lamothe dejó a un lado los fogones de cocinas de prestigio en París y el País Vasco para encontrar su equilibrio profesional y poner en marcha una cocina a su imagen en su restaurante Herriko Jatetxea. Su cartera de presentación son productos frescos de temporada directamente del mercado y por supuesto él mismo, ataviado con chapela dirige a la perfección la parrilla, situada en el exterior.

Directa a cocina

La carta es amplia y aunque es difícil decidirse, la Txuleta de buey, de los que se ven  pastando durante el recorrido hasta llegar a la localidad, es lo más elegido por los comensales. Para compartir, como aconseja un cartel a la entrada, una tortilla de hongos es perfecta para abrir boca.

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Julien Lamothe, ataviado con su txapela

Entre bocado y bocado observamos cómo las piezas enteras de carne salen directas a la cocina donde “el señor de la chapela” se encarga de trocear y cocinar en las brasas. Con una manivela, como en la antigua usanza, sube y baja la parrilla poniendo la carne a la merced de las brasas hasta quedan al punto perfecto. El resultado: una txuleta de buey que se deshace en la boca.

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La decoración es sencilla

Acogedor

El local es amplio en su interior pero si el tiempo acompaña la terraza es el escenario perfecto para completar el viaje sensorial. No es nada sofisticado, bancos y mesas de madera de diferentes tamaños y estilos recubren el pequeño balcón con vistas a la naturaleza del lugar. Sin duda, un rincón donde sentirse partícipe de lo que el chef es capaz de cocinar en la parrilla al aire libre.

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